︎“Estado de alarma”
Madrid, 2020    

Ensayo fotográfico y diario de abordo sobre mi precipitada huída de Roma del 11 al 13 de marzo de 2020 debido a la propagación del COVID-19.

       


11 de marzo, 2020. 20h. Estoy en una habitación de Roma, mañana mi vuelo sale hacia Madrid. Mientras, en la televisión cuentan que el Gobierno de España ha decidido el cierre urgente de las fronteras con Italia y cancela todos los vuelos que salgan a partir de las 00 horas de mañana por el avance descontrolado del coronavirus. Mi incredulidad es atroz, más aún mi enfado. Después entro en pánico. Estoy atrapada en un país que no es el mío, en mitad del ojo de la pandemia mundial. No tengo opción. Llamo a las autoridades, a la embajada, al consulado, a la compañía aérea: Necesito irme ya. Nadie me da soluciones, todo es muy confuso. In extremis, se me ocurre que quizá el ferry Roma- Barcelona esté operativo y esa sea mi única escapatoria. En efecto, el último ferry con destino a España sale a las 23.00h y después de ese lo más seguro es que también cierren las fronteras por mar. Son las 20.20h y tengo que correr. Hago la maleta y salgo en busca de un taxi. Han pasado 8 minutos. No me puedo creer lo veloz que he sido. Cogo un taxi y llego a la estación en 18 minutos. Deprisa, ¿dónde está el panel de información? El tren a Civitavecchia sale a las 21h. Quedan 14 minutos. - Por fin un respiro- . Compro el billete y busco el andén. Me indican que está al otro lado de la estación. Ando, corro, vuelo. Es increíble lo lejos que está. El reloj marca las 20.56h. ¡Dios dónde es puto tren! No me puedo creer que ya no pueda ni respirar y tenga que arrastrar esta maleta de piedras sin saber a dónde voy. Andén 27, aquí es. Subo, no puedo dejar de toser y me desplomo en el asiento. Son las 20.59h y tengo una hora y media de trayecto. - Joder, por los pelos -.

El tren ha llegado puntual a Civitavecchia y ahora debo llegar al puerto. Busco un taxi pero no hay nadie por la calle, bueno, por la larga avenida desierta que debo recorrer con mi maleta de mierda. Mis piernas se mueven rápido pero tengo la sensación de que no avanzo. En qué momento se me ocurrió venir. A mitad de avenida una mujer que rebusca en un contenedor de basura me pregunta algo en italiano. No entiendo qué dice, balbucea que hace frío como en el Polo Norte. Empiezo a creer que estoy en medio de una película apocalípitica y que como en 28 días después, una extraña epidemia convierte a las personas en zombies. He llegado al final de la avenida. Las 22.40h. Este lugar parece aterrador y no tengo ni idea de qué haré si pierdo el barco. Paso uno de los muchos puestos de campaña militar que han puesto por orden del Estado y sigo andando. Ya veo el puerto. Hay muchas indicaciones y ni un solo alma que me haga pensar que estoy yendo en la dirección correcta. Quizá la información del ferry era falsa. Pienso en el dinero que me queda, 132 euros para ser exacta. Con eso tendré para un par de noches. Y luego qué. No me lo puedo creer, estoy viendo un barco enrome que parece un ferry de Grimaldi como ponía en la web. No tenía ni idea de cómo eran, jamás me había montado en uno. Corro lo más rápido que puedo, sólo me quedan 10 minutos. Con el corazón en la boca entro al recinto de taquillas. Me tiembla el pulso y no puedo hablar. Me hacen firmar unos documentos asegurando que estoy en condiciones de salud para el vaje y por fin, me dan un billete. Soy tan feliz que voy a llorar... pero si eso mejor luego, son las 22.56h y todavía he de llegar al barco.

Una fila enorme de españoles esperan para entrar ¿Dónde estaba toda esa gente mientras yo corría aterrorizada por el puerto? Seguramente la explicación es que llevan ahí mucho más rato que yo. Siempre in extremis Elba, no tienes remedio. Estoy emocionada de montar en barco, poder huir a tiempo, haber tomado tan rápida la decisión... al menos siempre encuentro una solución. Comienzo a observar con detenimiento: hay un control antes de poder subir al ferry y la cosa parece seria: te toman la temperatura, te inspeccionan los ojos y deciden si subes o no. Tras 40 minutos de fila me toca. Estoy nerviosa. Un grupo de escolares que estaba antes que yo ha sido rechazado por un alumno que tenía fiebre. Quizá yo la tenga, he sudado mucho y he pasado frío mientras esperaba en la cola. El trabajador me pone el termómetro en la frente y me mira fijamente. Seguramente los 5 segundos más largos de mi vida. Me dice que pase y casí grito de emoción. ¡Por fin estoy dentro! Tras unos minutos de alborozo empiezo a ser consciente de la situación. Estoy en un barco-hospital casi fantasma, tripulado por personal uniformado con guantes y mascarillas. Todavía quedan 30 horas de viaje hasta llegar a casa y estoy rodeada de gente tan desubicada como yo . Unidos en en la huida de lo que será el comienzo de una nueva crisis mundial sin precedentes, ahora más que nunca estamos todos en el mismo barco. Estamos en Estado de Alarma.