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Madrid, 2020




Desde los años noventa son muchos los artistas que han gestado sus obras a partir de la recuperación de “la memoria”, la más íntima, asociada con frecuencia a la revisitación de momentos traumáticos. Dichas obras, creadas en un pasado que aún permanece abierto, intervienen en el presente del que las mira, como mecanismos de duelo colectivo pero que a menudo funcionan también como armas de acción política.

A través del viento y la arena, el espectador es conducido a un viaje onírico al pasado en el que se asoman viejas heridas barridas finalmente por agua de mar, y como partículas en movimiento, desaparecen en un vacío blanquecino.

Los recuerdos son ahora imágenes incompletas, emborronadas, testigos en ruinas que conectan con un mundo que ya no es y quizás, nunca fue.